Mercados sociales, la unión hace la fuerza

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Puede que en su provincia exista un mercado social y aún no lo sepa. Eso sí, no vaya buscando un mercado convencional con puestos porque, aunque algunos celebran ferias o cuentan con espacios físicos, estos mercados son más bien redes de intercooperación que han emergido los últimos diez años por todo el país entre empresas de la economía social y solidaria, y consumidoras y consumidores responsables.

Su intención es colaborar y acceder a productos o servicios sostenibles, tejiendo redes desde la producción a la distribución, pasando por el consumo con criterios éticos, democráticos, ecológicos y solidarios, redes que reúnen en España a más de 700 entidades y centenares de consumidores.

Los mercados sociales más consolidados son los de Aragón, Baleares, Cataluña, Euskadi, Navarra o Madrid, pero se están creando más en Andalucía, Canarias, Extremadura, Valencia y La Rioja: “Surgen para fomentar una economía más justa con implicación activa de la población a través del consumo responsable”, apunta Susana Ortega Díaz, secretaría técnica del de Aragón y coordinadora de todos los mercados a nivel estatal. Se promovieron por REAS (Red de Economía Alternativa y Solidaria) junto a movimientos civiles y entidades de la economía social. “Como hormiguitas fuimos conociéndonos, debatiendo, trabajando y soñando con esta idea”, rememora Ortega Díaz: “Ahora dan a conocer y ponen en relación proyectos de productos y servicios locales muy diversos”. Para visibilizarse celebran ferias, comparten imagen y catálogo de bienes y servicios que se puede consultar en mercadosocial.net.

 ADAPTADOS AL TERRITORIO

En cada provincia, estos mercados sociales adoptan una configuración diferente de acuerdo al territorio y cada uno lleva su ritmo: “Se están organizando y construyendo partiendo de la singularidad de cada REAS territorial. Algunos territorios han optado porque sea la propia Red/Xarxa de Economía Solidaria quien gestione y articule el Mercado Social, como  Navarra y Cataluña. En otros, diferentes formas jurídicas aglutinan a todas las entidades de la REAS territorial y a otras entidades de la economía social” explica Ortega Díaz. El mercado social de Madrid, que como el de Aragón, posee la forma jurídica de cooperativa, cuenta desde hace poco con un espacio físico en el mercado de San Fernando, celebra una feria anual, y su balance social evalúa el buen desempeño de las entidades: “El balance implica reflexionar transversalmente sobre nuestro propósito, los compromisos con los socios, trabajadores, clientes, proveedores y la sociedad, sin olvidar la solvencia, el buen gobierno y la responsabilidad social”, indica David Sánchez Humanes, director general de Seryes, correduría de seguros con oferta ética. El de Seryes es uno de los servicios que accesibiliza esta red en la capital, junto a otros culturales, alimentarios, energéticos, de cosmética, moda, arquitectura, idiomas, comercio justo, educación o consultoría. De 70 entidades en 2013, el mercado madrileño ha pasado a contar con más de 169 en 2018, lo que ha conllevado una reorganización. Su plan estratégico para los próximos años pretende llegar a 500 entidades, 10.000 consumidoras y consumidores, el objetivo es que estos puedan realizar el 80% de su consumo dentro de la red.

“Creo que el crecimiento nos está poniendo en la tesitura de tener que formalizar nuestras estructuras, nuestra forma de organizarnos y tomar decisiones”, reflexiona Sandra Salsón integrante de su Consejo Rector, presidenta de REAS Madrid, e implicada en el proyecto desde su inicio. “No es negativo, es consustancial al crecimiento, lo que sirve para estructuras pequeñas deja de ser funcional cuando crecen. Pero este era nuestro sueño, crecer, y ahora afrontamos el reto de generar una estructura orgánica, flexible y dinámica, transparente, inclusiva. No es sencillo, pero merece el esfuerzo intentarlo si no perdemos el horizonte transformador”, puntualiza. Y rememorando los comienzos dice: “Tengo recuerdos muy bonitos de tejer relaciones de confianza, apoyo y construcción colectiva, como decía Galeano: ‘Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo’”.

DIVERSIDAD Y COOPERACIÓN

El mercado social de Aragón y el de Madrid tienen la peculiaridad de incorporar a los consumidores, una posibilidad también para el de Valencia. “Complica la gestión pero hace que sea propiedad de todos, les da voz en igualdad de condiciones, participan en la toma de decisiones y en las estructuras de gobierno”, explica Salsón del de Madrid. El mercado social de Islas Baleares, constituido como asociación, posibilita a las empresas más visibilidad e intercooperación. “Además, buscamos ofrecer alternativas a la dependencia estacional del turismo, soluciones a problemas vinculados a su impacto, a la insularidad, al cambio climático, etc”, relata Xavier Moyà Melero, de su secretaria técnica. La 4ª edición de su feria —Fira del Mercat Social— se celebró a finales de septiembre en Palma. El de Navarra lo gestiona la Red de la Economía Solidaria e incluye a Landare, un proyecto pionero de distribución de alimentación ecológica con 2.000 socios. Poseen una moneda social —el Txanpon— y un espacio físico en la Antigua Estación de Autobuses de Pamplona. “Los cambios en el consumo y en la creación de nuevas iniciativas son más lentos de lo que quisiéramos”, observa Carlos Rey, integrante del mercado: “Sin embargo muestran una tendencia ascendente. Las ferias que realizamos son un buen pulso de ese interés y de la participación de más iniciativas”. El de Euskadi se unió a la red Olatukoop de Gipuzkoa y durante la crisis también ha crecido en entidades y consumidores ofreciendo alimentación, energía, nuevas tecnologías, finanzas, inmobiliarias éticas, educación, hostelería, turismo, limpieza, consultoría, etc. “Cada año hacemos la Feria de Economía Solidaria en una provincia, rotatoriamente”, comenta Manolo Vilabrille García, que forma parte del mercado: “Eso nos facilita el contacto directo con las diferentes administraciones locales”.

REDES DE APOYO MUTUO

Pablo Ortiz es consumidor responsable y miembro del Consejo Rector del mercado social de Madrid. “Como consumidores es importante que tengamos dónde adquirir bienes y servicios con respeto a las personas y al medio ambiente”, opina. “Pertenecer al mercado social es una satisfacción, por poder contribuir a un cambio social y económico, pero también por encontrar una oferta de calidad”, detalla. También las empresas encuentran en estos mercados ayuda. “Crear un proyecto da miedo aunque tengas empuje y lo tengas claro”, afirma Victoria Hermida, alma máter de la firma de cosmética ecológica Eco-Eko. “Por eso me uní, me dio apoyo emocional y la posibilidad de compartir inquietudes con personas que entienden la economía no sólo desde punto de vista del capital”, cuenta Hermida. “Además me permite estar en contacto con proyectos, con consumidores, participar en ferias, eventos, lograr más visibilidad, intercooperar. Y como consumidora puedo optar por seguros, financiación ética, energías renovables, etc, mientras me mantengo al día de innovaciones sociales y ambientales”.

Uno de los socios fundadores del mercado madrileño es la productora de energía solar sin ánimo de lucro Ecooo. “Los proveedores y los consumidores no sólo encontramos aquí un marco afín a nuestros valores sino también una oferta completa competitiva. Además nos hace más visibles”, explican  sobre su experiencia en este espacio. Gema Gómez, directora de la plataforma de moda sostenible Slow Fashion Next, también forma parte del colectivo. “Me aporta una red de profesionales de distintos ámbitos relacionados con la ecología”, dice. “Compartimos un imaginario común sobre cómo deben ser las relaciones comerciales y los servicios”, comentan desde Fiare Banca Etica, parte de la oferta financiera de muchos mercados. “Nosotros facilitamos servicios a compañías con vocación de transformación social, por lo tanto pertenecer al mercado social nos sitúa en un entorno empresarial y cultural próximo donde ofrecerlos”, explican.

ETICS, LA MONEDA SOCIAL

El mercado social madrileño, desde hace cuatro años, posee una moneda social, el boniato, que hace poco ha sido renombrada como Etics. Actualmente se está transformando en un aplicación de móvil que será un sistema de pagos, una herramienta de gestión, de descuentos, geolocalizará tiendas, y facilitará la comunicación entre consumidores y proveedores. “Llevamos más de un año y aún no está terminada, entre otros motivos, por nuestro carácter asambleario de toma de decisiones conjunta con procesos respaldados”, narra Genoveva López Morales, una de sus artífices.

Esta es una experiencia seguida de cerca por el Mercado Social de Aragón, que desea lanzar también una moneda, así como por el de Euskadi, que quiere un sistema de bonificación en sus comercios. “Aunque las casuísticas son diferentes, cuando se demuestre la utilidad de Etics, espero que haya más mercados que se animen a partir del 2019”, aprecia López Morales.

UN INTERÉS CRECIENTE

El mayor auge en los últimos años de estas experiencias de economía social y solidaria se debe: “A que una parte importante de la población se ha dado cuenta de que el modelo neoliberal aumenta las desigualdades y destruye el planeta”, valora Ortega Díaz. “Muchas voces piden un cambio basado en las personas, en la cooperación y en el respeto medioambiental. Reivindicamos una financiación, producción, comercialización y consumo como medio, no como fin, al servicio de los pueblos y de la sostenibilidad de la vida”, subraya.

Moyà Melero, del mercado social de Baleares, coincide: “La crisis supuso un estimulo al consumo responsable al poner de manifiesto las malas prácticas empresariales. Provocó una crisis de reputación de sectores como la banca, o las empresas energéticas, que ha revertido en un crecimiento de la economía social y solidaria. En la medida en que el sector se consolida, aumenta la posibilidad de relacionarse con las instituciones, es más fácil que se creen nuevas empresas y atraer la atención de personas consumidoras. En nuestro contexto es un proceso lento, pero que empieza a brotar”. Rey, del mercado de Navarra, añade: “Los excesos de la economía capitalista y la concentración de la riqueza cada vez entre menos acentúan la necesidad de denuncia y de resistencia, pero también, y es esencial, el desarrollo de alternativas donde la mayoría social pueda ejercer su soberanía económica”. Por su parte, Vilabrille, del mercado social de Euskadi, añade: “Ha aumentado el nivel de conciencia crítica en el consumo directo por parte de las personas consumidoras y de alguna manera se han empoderado. Todo esto indica una realidad: la economía solidaria fue necesaria, ha sido necesaria en tiempos de crisis y ha llegado para quedarse”. “Ya no podemos considerarlo una tendencia, como en los años 90 y comienzos del 2000”, corrobora Salsón. “Tras la crisis es una realidad, somos parte de una brecha en el sistema que traza una camino posible hacia formas de organización postcapitalistas y no somos los únicos. Vamos de la mano de movimientos ecologistas, feministas, pacifistas, que cuestionan el modelo aportando prácticas que conviven con él”, explica. Y concluye: “Somos muchos los que queremos generar propuestas virtuosas, el cúmulo de ‘nuevas economías’ (circular, azul, verde, colaborativa, social, solidaria) surgen y se visibiliza por una demanda social. La gente quizás desconoce esas etiquetas pero buscan opciones que encajen mejor con estilos de vida más conscientes”.

 

Fuente: El salto

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