En marzo y siempre: 8M 2019, huelga feminista, también, de consumo

La huelga feminista, del 8 de marzo, se convoca como laboral, de estudios, de cuidados y de consumo. Igual de importante que las demás, es la huelga de consumo por su valor para visibilizar nuestra crítica al modelo de producción y distribución que provoca grandes impactos ambientales y sociales, sobre todo en las mujeres.

El próximo 8 de marzo volvemos a convocar y a estar convocadas a una huelga feminista general: laboral, de estudios, de cuidados y de consumo. Esta última, la huelga de consumo, tiene un especial valor para ayudarnos a tomar conciencia y hacer visibles nuestras críticas a las prácticas de producción, distribución y contaminación, que provocan grandes impactos ambientales, mercantilizan la vida y explotan o hacen invisibles trabajos de cuidados, usualmente llevados a cabo por las mujeres.

Más en concreto, la huelga de consumo anima a no comprar, por ejemplo, ropa en H&M o fresas de los invernaderos de Huelva donde se explota a trabajadoras migrantes. El objetivo de estas propuestas no es acabar en un solo día con el orden económico neoliberal patriarcal (¡aunque no sea por falta de ganas!) sino permitir dar visibilidad a, por ejemplo, la última huelga de las trabajadoras textiles de Bangladesh, o denunciar la situación de las temporeras marroquíes de la fresa. De hecho, estos dos ejemplos no son casos aislados, sino que muestran una matriz común de la explotación capitalista del medio ambiente y los cuerpos y los trabajos de las mujeres, especialmente las marginalizadas por cuestiones de raza, clase, etc.

Darnos cuenta y dar cuenta de los nexos comunes entre patriarcado, capitalismo y colonialismo, de cómo comparten cultura y prácticas de subordinación, explotación y violencia social y ambiental, es otra de las motivaciones de esta huelga. Además, frente a estas lógicas, cada día y especialmente el 8 de marzo queremos mostrar que hay otras formas de consumir, saludables, sostenibles y responsables; basadas en la justicia, la solidaridad y la cooperación.

El consumo es sólo un eslabón de la sólida cadena que vincula extracción de materiales, producción, distribución, consumo y generación de residuos. Los análisis “de la cuna a la tumba”  de muchos productos, también llamados «de mina a vertedero», desvelan los daños que se producen en todos los estadios del ciclo de vida completo de los productos que consumimos. En cada uno de ellos podemos encontrar prácticas que deterioran nuestras vidas (especialmente las de la población más empobrecida, mayoritariamente, mujeres) y las de nuestro medio natural. Desde una perspectiva feminista, además, tenemos la oportunidad para dar cuenta de cómo las tareas de aprovisionamiento doméstico en el orden patriarcal caen de manera sistemática sobre las mujeres, así como las tareas de cuidados, cocina, limpieza, afectando por tanto, también, de manera desigual a los cuerpos de hombres y mujeres.

Las organizaciones convocantes de la Huelga de Consumo del 8M proponemos que ese día (quizá mejor ese mes o, por qué no, toda la vida) dejemos de comprar lo innecesario, de consumir energía en exceso, de derrochar alimentos, de utilizar automóviles para desplazarnos, de adquirir productos fabricados por la industria que experimenta con animales, u objetos a los cuales se aplica la “tasa rosa”, de comprar productos sobre-envasados, o de realizar transacciones bancarias. Son muchas las acciones posibles para quitar el alimento a un sistema que nos roba el tiempo de vida y reduce nuestras probabilidades de supervivencia.

Sin embargo, hay muchas personas, y especialmente también mujeres, dada la tendencia a la feminización de la pobreza, para las que la reducción de consumo no es una opción: que no pueden poner la calefacción o arreglarse la dentadura. La huelga de consumo también permite reflexionar sobre esto: que los consumos necesarios para vivir respetando la tierra, no pueden ser un lujo, como no queremos que sea un lujo sobrevivir en un planeta de recursos decrecientes.

La huelga de consumo es, por tanto, no sólo un momento puntual de activismo anticonsumista, sino el punto de partida de un cambio de pensamiento y de vuelta al sentido común: de abandono de hábitos de sobreconsumo. Es una ocasión para activar un proceso de deconstrucción personal y colectiva de los estereotipos que se nos han inoculado a través de constantes mensajes publicitarios. Esos que transmiten unos modelos volátiles y cambiantes, pero tienden a mostrar a las mujeres como objeto sexual que cumple con los roles de género impuestos por la cultura patriarcal. La venta de ropa, perfumes, coches o palitos de merluza son ocasiones que el mercado no desperdicia para decirnos a las mujeres dónde tenemos que estar y cómo hemos de comportarnos. Las imágenes que nos transmiten, minando nuestra autoestima, tienen como objetivo estimular el consumo de productos de belleza, moda, higiene, etc., en muchos casos tóxicos para el ambiente en su fase de producción y desecho, y tóxicos también para la salud en su fase de consumo.

La huelga de consumo feminista nos recuerda que el consumo es un acto político, una «pequeña» acción que puede transformar la huella negativa que deja nuestra compra en un acto con un impacto positivo. Este acto político puede saltar de escala si se organiza de forma colectiva y se extiende como una mancha de aceite. La alternativa está en nuestras manos: poner el freno, reducir el consumo, ganar a más personas para nuestra causa.

Después del 8M será necesario que sigamos activas para mantener estas prácticas: reducir, reutilizar lo que tenemos antes de reciclar, darle una nueva vida, reparar, oponernos a la obsolescencia no sólo de la tecnología, sino también de las modas; intercambiar, compartir, donar, reducir los residuos… Y denunciar cualquier producto cuya producción y distribución no haya respetado los derechos de las personas, del ambiente y de todos los seres vivientes. Esto supone cambiar nuestra forma de consumir y de pensar para convertirnos en agentes activos del cambio, no sólo por motivos ideológicos y éticos, sino también por el placer de compartir y ganar tiempo y calidad de vida al consumir más responsablemente. Compartir bienes y servicios es una práctica que no sólo resuelve necesidades con menos recursos, sino que fortalece nuestras redes sociales. ¡Dos por uno! (como en el súper, al que no iremos). En lugar de confundir la felicidad con el poseer, de asimilar la satisfacción personal a la adquisición de bienes y servicios, deseamos visibilizar prácticas de vida y de consumo donde la fuente de satisfacción personal individual y colectiva esté en las relaciones interpersonales, las redes sociales y familiares, en el entendimiento, la solidaridad y la actividad colaborativa.

En oposición a los mercados que subordinan la vida de las personas al beneficio monetario, queremos visibilizar otras prácticas que pongan en el centro las vidas de las personas, del planeta y de todos los seres vivientes. Esta huelga de consumo es una llamada también a ese otro consumo, de prácticas justas y sostenibles desde el punto de vista socioambiental: el que apoya y paga justamente a las mujeres del Sur, el de los proyectos agroecológicos, el comercio de proximidad, las cooperativas de energía limpia, los grupos de consumo y la economía social, o el transporte colectivo y ecológico.

Por todo esto paramos también el consumo el 8 de marzo. Porque necesitamos otra forma de organizar las relaciones y la economía. Porque no queremos que haya más ropa manchada de trabajo precario ni fresas recogidas entre tóxicos, dolor y miedo.

En marzo y siempre.

 

Fuente: El salto

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